“Pero en la punta del árbol más alto haremos nidos;
y buscaremos otro viento mejor,
uno que nos devuelva la voz”
Otro viento mejor. Callejeros. 2003
Intro
Tomamos la palabra -una vez mas- ante la vida que implosiona. De ser necesario, levantamos la voz para alertar una situación que, de no ser abordada y reconocida en su magnitud y complejidad, va a agravarse aún más. Estamos en emergencia social en salud mental. Si no se toman medidas acorde a esta escala del problema, los padecimientos de la población van a aumentar. Y, en algunos casos, con emergentes de violencias que nos estremecen, como lo sucedido en la localidad de San Cristóbal.
El gobierno provincial abordó este caso particular y tomó medidas acorde a una situación de violencia generalizada; una “espiral” creciente, sostenida en pintadas y escritos de amenazas en distintos establecimientos educativos. Y ese miedo social construido desde discursos de “mano dura” y propuestas punitivistas se vio correspondido con propuestas de modificación de procedimientos del código penal. Así restingen libertades y habilitan interrogatorios y otras facultades a la policía, allanamientos sin orden judicial, espionaje digital, etc. Esa mirada unilateral de represión ante los crecientes homicidios -instigados por redes (sociales) internacionales-, va a fracasar porque pierde de vista el cuadro social arriba mencionado. Volvemos a insistir, quién le pregunta a las pibas y pibes ¿qué les pasa? Basta de operar equívocamente sobre las consecuencias y evadir las complejas causas de estas problemáticas.
Esta es nuestra mirada
La magnitud del problema indica un cuadro de emergencia social en salud mental que afecta a la mayoría de la población, agravado en las adolescencias y juventudes. Esta es la escala real de la problemática que observamos en escuelas, centros de salud, clubes, instituciones de prevención de consumos, de cuidados, vecinales, familias. Una profunda fractura social que pide a gritos ¡ayuda!
Escribimos para hablar de salud mental, reconocer esta problemática y abordarla trascendiendo la consulta profesional privada a la que puede acceder sólo una parte, -cada vez menor- de la población. La salud pública está desbordada en su infraestructura, recursos, insumos y sus precarizados equipos profesionales y trabajadoras/es. No podemos seguir aceptando esta situación. En las condiciones precarias que viven las mayorías populares en la ciudad, se enferman por causas evitables que desbordan los espacios de salud. En la vida diaria de las personas, la salud mental queda siempre relegada, hasta explotar. Debemos revertir esta realidad de ser, socialmente, una preocupación secundaria, ante las urgencias de la vida.
Desde nuestro lugar queremos aportar una mirada y práctica de estrategias colectivas que contribuyan a prevenir y sanar. Para eso, crear espacios colectivos de encuentro, escucha, reflexión y puesta en comun de problemas y salidas colectivas es fundamental. Poder decir lo que nos pasa, evitar que nos haga daño eso que se acumula con tristeza y frustración.
Cuando hablamos de salud mental, estamos diciendo que el padecimiento no tiene que ver solo conmigo pero, fundamentalmente, que tiene solución. Es necesario comprender sus múltiples causas (superar prejuicios y ligarla a condiciones de vida) y exigir el cumplimiento de las responsabilidades que competen a cada quien según el lugar que asume en la sociedad. Es clave partir de asumirnos como sujetos protagonistas de esa sociedad y de los cambios necesarios.
La escala del problema es significativa porque están afectadas las vidas de las mayorías populares; esas que no encuentran empleo ó trabajan 12 hs como “algo normal”, no alcanzan ingresos, no hay donde vivir, no podemos acceder a espacios y actividades deportivas, culturales y recreativas. Hay una base material deteriorada por responsabilidades políticas de quienes gobiernan que, a la vez de ejecutar un programa económico que consolida minorías ricas y empobrece mayorias, reivindican el daño social ocasionado. Promueven el “odio hacia el otro” desde la propaganda de gobierno. La indiferencia por el dolor ajeno se combina con la crueldad. Esta compleja articulación de condiciones materiales que deterioran la vida de las personas y discursos que proponen desentendernos de los otros, olvidar al semejante; tiene secuelas en la dificultad de satisfacer nuestras necesidades, en la posibilidad de elaborar proyectos de vida y ante tanto padecimiento, nos enfermamos. Es importante aclarar que la salud es un proceso que compromete nuestra biología y vínculos; nos permite sentir, pensar, decir que estamos sanos; así como registrar miedos, ansiedades y angustias que, en tanto pueden ser reconocidos, pueden ser transformados.
La gravedad mas evidente de este cuadro son los suicidios. En la provincia de Santa Fe -durante 2025- se registraron 964 muertes violentas. De ese total, el 46,5% correspondió a suicidios. En Argentina, crecieron más del 40% los intentos de suicidio durante 2026 (según el último Boletín Epidemiológico Nacional)
Las marcas de la pandemia del COVID
Las condiciones materiales de vida durante la pandemia generaron comportamientos que obstaculizaron la necesidad de otra/o como aspecto esencial para la vida propia. La tecnología vino a “resolver” esa distancia impuesta y estableció una nueva forma de vínculo, -ahora mediado por el celu- que, si bien ya existía, se consolidaba como tal.
Recordemos que en pandemia, el otro era posible fuente de contagio de una enfermedad, incluso mortal; por lo tanto, ese encuentro necesitado y ahora profundamente temido, cargó de significaciones negativas; de peligroso a ese otro. El aislamiento requerido como medida de protección ante el contagio, se fue asumiendo como conducta. Y los procesos económicos y políticos de un sistema en crisis fueron aprovechados por los sectores dominantes (reaccionarios) como elemento central para maximizar ganancias.
Ya no estamos en pandemia, pero lo aprendido (y vivido) en ese tiempo no se olvida con facilidad, y más aun, cuando se propone para estos “nuevos tiempos” un modelo de individualismo radical (que requiere el capitalismo en su etapa imperialista y en profunda crisis). Por eso se propone un sujeto que ya no precisa de otros para alcanzar objetivos, sin responsabilidad respecto a sus pares, porque considera que ya no lo son. Esa propuesta coexiste con una crisis que se extiende y que genera profunda incertidumbre respecto a la posibilidad no sólo de un proyecto, sino de la vida misma para millones de personas. La organización de la vida cotidiana se hace mucho más difícil para las grandes mayorías que van siendo sistemáticamente expropiadas de los derechos conseguidos; mas bien conquistados, cuando el reconocimiento de las necesidades compartidas habilitaron la organización y las luchas colectivas.
En estas condiciones, con un Estado al servicio de los sectores dominantes, ese sujeto aislado es cada vez más vulnerable y en tanto va desconociendo sus necesidades tanto como las posibilidades colectivas de buscar su satisfacción, se despliegan mecanismos de manipulación.
Las relaciones sociales quedan intermediadas por el miedo al semejante, entrampados en “estado de alerta permanente”. Asi, el miedo se apodera de nosotros/as y se expresa en nuestras relaciones. El padecimiento subjetivo al que asistimos cobra vidas cotidianamente. Niños/as, jóvenes, adultos; no hay edad para esquivar tamaño sufrimiento.
Las pibas y los pibes la están pasando mal
¿Por qué la violencia y los padecimientos emergen con mayor fuerza en las pibas y pibes? La juventud es una etapa vital de grandes cambios en nuestras vidas y en la que se juega ese…¿que voy a ser?. Es donde proyectamos, planificamos a mediano y largo plazo. La imposibilidad presente de pibas y pibes de construirse una perspectiva de futuro daña, sistemáticamente, su salud mental. La vulnerabilidad social, -material y simbólica-, de la juventud hace de la vida un padecimiento. El sentido de la vida, la propia y del otro se transforma en la nada misma. Y se presentan, al alcance de la mano y, a cada vez mas temprana edad, las redes. Todas las redes. Las sociales (humanas y colectivas) fracturadas. Las digitales ofertando a traves del algoritmo ante la demanda de esa persona vulnerable y, también, las redes del delito en las barriadas populares de “tierra arrasada”; donde cada metro que una política pública desapareció, un negocio transa o de choreo, se consolidó.
Otro aspecto a observar es la escuela como el espacio donde esta situación detona. Una docente decía: “somos la ultima red de contención”. Docentes de miseros salarios, que soportan maltrato y extorsión para trabajar enfermas/os, que aún no recuperan en sus alumnas/os saberes y conocimientos truncados en la pandemia. Pibes/as que no tienen para comprar materiales en hogares sin empleo; que habitan escuelas donde urge una “copa de leche” y le responden con “camaras de vigilancia”.
Es importante remarcar la creciente precarización de la vida adulta y su presente explotado que reduce las capacidades para dedicarse en plenitud a los cuidados (ya comienzan a impactar las consecuencias de la “Reforma Laboral” que aumenta jornada laboral, crea la incertidumbre del salario, “banco de horas” que desorganizan la vida y…hasta el futuro). Así, envuelta en sus propias limitaciones, la adultez en el ambito intra-familiar, descuida y relega las tareas de acompañamiento, de guia, de escucha, de afecto y contención. Si a esto se le suma el deterioro de referencias institucionales socio-comunitarias (escuelas, clubes, centros culturales,) por su desfinanciamiento; las pibas y los pibes quedan en el desamparo y en una profunda sensación de soledad. Inmersos en este contexto emocional, se relativiza el sentido de vivir.
En esta situación, ¿quién contiene?, ¿acaso creían que no iba a tener efecto el desfinanciamiento de políticas públicas de salud, educación, cultura, deporte?; ¿cuánto hace que venimos señalando una pandemia social de consumos de sustancias psicoactivas (legales e ilegales)?, ¿creen que no tiene consecuencias, el rechazo sistemático a familias sin recursos que no tienen lugares para atender a personas con adicciones?
Es por acá
Ante este dificil cuadro de situación, existen salidas. Partiendo de la posibilidad de transformar el sufrimiento individual en motor de una indignación que habilite el encuentro, el diálogo, el sostén externo que se transforme en apoyo interno. Ésto sólo es posible a partir de la solidaridad, de compartir con otros tales vivencias, sentimientos, diálogo compartido que permita ir aprendiendo que “cada quien cuenta con alguien”.
Podemos superar, individual y colectivamente, este presente. Hay pasos a dar, sencillos que indican caminos, arrancando desde la construcción de proyectos colectivos, sumarse a ser parte de algo que nos encuentre con otras/os, visibilizar las causas de los padecimientos y sus responsables. Encontrar “felicidad en la lucha” por transformar esta realidad. Y sostenernos para persistir en tiempos de tanta inmediatez y empezar a sumar, de a un punto, quizas empates, que empiecen a oler a triunfos que nos permitan construir futuros diferentes. Conscientes que un pueblo sano y feliz está ligado a profundas luchas políticas e ideológicas que debemos dar como pueblo para desarrollar un proyecto nacional colectivo, que eleve la autoestima dañada de nuestra gente, de esos nadies que configuran los destinos en común de nuestra Patria.
Asumimos esa tarea,construir la salida a esta triste encerrona del presente; desarrollando capacidades para organizarnos y luchar para afrontar las limitaciones que hoy se nos propone vivir. No es la resignación una salida. Es la indignación por lo que sucede y la organización para transformar estas condiciones y promover así aquellas que nos permitan una vida sana y feliz.
PABLO MARTÍN LANDÓ
Comunicador Social
Referente de Fuerza Común
