Actuó en Orletti, Campo de Mayo, la Superintendencia de Seguridad Federal y Neuquén. Fue uno de los genocidas que se reunió con los diputados de La Libertad Avanza (LLA).
Raúl Guglielminetti clavó sus ojos, surcados por profundas ojeras, en los diputados que el 11 de julio de 2024 habían llegado a la cárcel de Ezeiza. Los miró y les extendió un sobre. Allí, según contó una de las visitantes, había un listado de propuestas e iniciativas para sacarlos de la prisión. El Ronco o el Mayor Rogelio Ángel Guastavino, como se conoció al represor durante los años de la dictadura, logró en septiembre pasado volver a su casa: no fue tanto por la osadía de los congresistas libertarios como por el deterioro de su salud. Gozó poco del tiempo extramuros. A los 84 años murió sin arrepentirse y sin dar información acerca del destino de sus víctimas.
Los registros dicen que el Jefe II del Ejército —o sea, el jefe de Inteligencia— lo incorporó como personal en diciembre de 1970. En los listados del Batallón de Inteligencia 601 se lo señalaba como “agente de reunión”: el que sale a buscar información.
Por aquellos años, en tiempos de la dictadura de la Revolución Argentina, Guglielminetti se movía como periodista en Neuquén. Era también la mano derecha de Remus Tetu, que en enero de 1975 fue designado interventor de la Universidad del Comahue como un buen representante de la Triple A.
Para entonces, Guglielminetti cumplía funciones en el Destacamento de Inteligencia 182. Se estima que lo hizo hasta mediados de 1976. Hay testimonios de quienes lo sufrieron en carne propia: en su secuestro, en su interrogatorio o en su tortura. La segunda mitad de 1976 lo encontró cometiendo otros horrores en Automotores Orletti, el centro clandestino que regenteaba la Secretaría de Inteligencia de Estado (SIDE) en el barrio porteño de Flores.
Guglielminetti fue destinado luego a la Superintendencia de Seguridad Federal (SSF). Integraba una de las brigadas que salían a secuestrar. María Fernanda Martínez Suárez —sobrina de Mirtha Legrand— lo reconoció como quien ingresó a su casa y se llevó a ella y a su marido al Club Atlético. Fátima Cabrera lo identificó en Garage Azopardo. Otros sobrevivientes de El Olimpo recuerdan que tenía un particular encarnizamiento con un secuestrado, a quien torturaba cada vez que podía. También hacía que las secuestradas le plancharan la ropa para estar siempre pulcro.
Estuvo destinado también en el Primer Cuerpo del Ejército. Se dedicó a la persecución de quienes eran considerados parte de la “subversión económica”, que terminaron secuestrados en Campo de Mayo.
En octubre de 1979 pidió la baja para instalarse con su familia en Estados Unidos. Estuvo, según declaró, en Miami, especializándose en algo que no podía decir. Para entonces, los represores argentinos incursionaban en Centroamérica. Volvió poco después de la Guerra de Malvinas y se recicló en la Agrupación Seguridad e Inteligencia de la Presidencia de la Nación. Allí le cuidaba las espaldas al dictador Reynaldo Benito Bignone.
Su nombre causó un verdadero escándalo en los primeros meses de la democracia, cuando se lo reconoció en una foto como custodio del presidente Raúl Alfonsín. Para entonces, Guglielminetti era parte del llamado Grupo Alem, un grupo alternativo a la SIDE en el que también estaba Juan Antonio “Colores” del Cerro, un represor proveniente del Cuerpo de Informaciones de la Policía Federal Argentina (PFA).
Tras su identificación, Guglielminetti huyó a España, pero allí fue rápidamente reconocido. A los seis meses lo extraditaron por su supuesta vinculación con el asesinato del empresario Emilio Naum. Para Guglielminetti, la vuelta fue un trámite sencillo: una indagatoria de nueve horas y el regreso a casa.
Por entonces, alternaba entre un campo en Mercedes y una casa en Acassuso, donde se dejaba fotografiar junto a las esvásticas que coleccionaba en una vitrina. “No soy nazi ni mucho menos. Yo tengo las esvásticas porque me gustan como diseño”, alardeaba en una entrevista que concedió en el verano de 1986 a la revista Gente, en la que también se vanagloriaba de integrar el aparato de inteligencia.
Guglielminetti odiaba a quienes habían sido parte de la represión y rompían el pacto de silencio. En una entrevista que dio desde España en febrero de 1987 apuntó contra el inspector que había revelado el rol de la Policía Federal Argentina dentro del sistema de secuestros y desapariciones. “Me repugna el papel de un (Rodolfo) Peregrino Fernández, no lo haría jamás. Yo estuve siete meses callado en Marbella y voy a estar callado por el resto de mi vida”, decía.
Para entonces circulaba la versión de que Guglielminetti podría haber sido parte de un esquema para sacar documentación sobre la dictadura y llevarla a Suiza. Él lo minimizaba. El 5 de mayo de 1987 debió presentarse ante la Cámara Federal porteña para declarar. Con gesto soberbio, se vanaglorió de sus andanzas ante los jueces. “He sido preparado como agente de inteligencia para obrar, en el noventa por ciento de los casos, al margen de la ley”, declaró, según publicó Carlos Juvenal en su libro Buenos muchachos.
Ni la calma ni la legalidad podían asociarse a su nombre. Estuvo vinculado a estafas y también llegó a estar detenido como sospechoso del secuestro de Mauricio Macri. En los ’80 y los ’90, la gran pregunta era cómo Guglielminetti se daba la gran vida. Él respondía que no tenía fortuna, sino un “buen pasar”.
En 2006, tras años prófugo, Interpol lo detuvo en el campo de Mercedes. Los agentes se presentaron en la casa, preguntaron por él y dijeron que venían de parte de “los muchachos”. Guglielminetti salió sin más y terminó detenido, a disposición del juez federal Daniel Rafecas. Desde entonces coleccionó condenas por crímenes cometidos en Atlético-Banco-Olimpo, Orletti, en la causa Chavanne-Grassi, La Escuelita de Neuquén y la SSF.
Hacía tiempo que Guglielminetti venía pidiendo volver a su casa. Hasta abril del año pasado argumentaba que su edad avanzada constituía una causal autónoma para el otorgamiento del beneficio. En ese momento no decía tener dolencias que no pudieran tratarse en las unidades del Servicio Penitenciario Federal (SPF).
En mayo pasado, la entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, envió a Guglielminetti y al resto de los detenidos de la Unidad 31 de Ezeiza a Campo de Mayo. Para los organismos de derechos humanos, la Unidad 34 es una cárcel VIP: tiene capacidad para 115 personas, pero aloja solo a 62, distribuidas en cinco pabellones.
El 1 de agosto pasado, la defensa de Guglielminetti volvió a pedir que enviaran al represor a su casa. En esta oportunidad sostuvo que estaba internado en terapia intensiva en una clínica privada con diagnóstico de un hematoma subdural derecho. Como la situación no era clara, la jueza Adriana Palliotti, del Tribunal Oral Federal (TOF) 6, le pidió a la Unidad 34 de Campo de Mayo que explicara qué había ocurrido con Guglielminetti. La respuesta fue que el 21 de julio lo habían encontrado descompensado en el suelo y que debieron internarlo.
La U34 respondió que la situación de Guglielminetti superaba su “capacidad operativa”. El hospital penitenciario de Ezeiza informó que no contaba con neurokinesiólogos para tratarlo. El Cuerpo Médico Forense (CMF) evaluó su situación y recomendó que fuera derivado a un centro de rehabilitación física por un período de entre tres y seis meses.
El 26 de septiembre pasado, el TOF 6 autorizó que Guglielminetti volviera temporalmente a su casa de Mercedes para ser cuidado por su esposa y una de sus hijas. Murió allí: custodiando su promesa de no romper jamás el pacto de silencio que, con sus compinches, selló con sangre. Mucha sangre.
Fuente: Página 12
