Fue uno de los grandes cineastas latinoamericanos, director de una veintena de films, entre ellos “La batalla de Chile”, “El caso Pinochet” y “La cordillera de los sueños”.
Guzmán acreditaba medio siglo de trayectoria y vivía en Francia desde hacía más de cuatro décadas. Rodrigo Jiménez. EFE
Patricio Guzmán, uno de los grandes documentalistas latinoamericanos, murió este martes en París a los 85 años. Había nacido en Santiago, Chile, el 11 de agosto de 1941 y vivía en Francia desde hacía más de cuatro décadas, pero nunca dejó de filmar Chile. Su país fue su territorio cinematográfico, incluso cuando el exilio lo obligó a mirarlo desde la distancia. Guzmán falleció en un hospital parisino, donde había sido ingresado después de sentirse mal el lunes. Según informaron medios locales, atravesaba desde hacía tres años complicaciones derivadas de una prolongada enfermedad.
Su obra abarcó más de una veintena de películas y atravesó más de medio siglo de historia. Pero hubo una obsesión que recorrió toda su filmografía: la memoria. La necesidad de volver sobre aquello que un país intenta olvidar, sobre las marcas que dejan la violencia política, los muertos, los desaparecidos y los sueños derrotados. Su nombre quedó definitivamente ligado a La batalla de Chile (1975-1979), la monumental trilogía que registró los últimos años del gobierno de Salvador Allende, la movilización popular, la crisis política y el golpe de Estado de 1973. Filmada mientras los acontecimientos sucedían, la película se convirtió en una obra fundamental del cine político mundial.
Guzmán estaba allí cuando la historia se quebró. Después del golpe fue detenido y permaneció quince días preso en el Estadio Nacional de Santiago. Los rollos de La batalla de Chile lograron salir clandestinamente del país y, con la ayuda del cineasta francés Chris Marker y del Instituto Cubano de Cinematografía, pudieron ser montados en el exilio. La película no sólo consiguió preservar las imágenes de una época: también se transformó en una de las principales denuncias cinematográficas contra la dictadura de Augusto Pinochet.
Su relación con Allende fue decisiva. Había regresado a Chile en 1971, cuando el gobierno de la Unidad Popular estaba en marcha. En las calles, en las fábricas, en el campo y en el Parlamento encontró una realidad que lo llevó a abandonar sus proyectos iniciales de ficción y dedicarse al documental. “Lo que me ocurrió es que quizás yo convertí el proyecto político en un proyecto personal. Y por eso filmé cuatro largometrajes en esos tres años”, contó a Página/12.
Pero Guzmán nunca quiso quedar encerrado en aquella extraordinaria película. Su cine posterior volvió una y otra vez sobre las heridas de Chile para encontrar nuevas formas de narrarlas. Por ejemplo, en En nombre de Dios (1987) abordó la posición de la Iglesia Católica chilena que se enfrentó a la dictadura militar y se puso al lado de las víctimas y sus familiares, creando la “Vicaría de la Solidaridad”, con equipos de asistentes sociales y abogados para defender a los presos ante los tribunales y buscar los cuerpos de los desaparecidos. En La cruz del sur (1992) exploró la religiosidad popular latinoamericana y en Pueblo en vilo (1995) se acercó a la memoria histórica de una comunidad mexicana.
En 1997 llegó Chile, la memoria obstinada, una película sobre la dificultad de recordar y elaborar colectivamente el pasado. Allí Guzmán regresaba a las imágenes de La batalla de Chile y se encontraba con personas que habían vivido aquellos acontecimientos, confrontando sus recuerdos con las imágenes de una historia que seguía abierta. Luego vendrían El caso Pinochet (2001), sobre el proceso judicial contra el dictador en Londres; Salvador Allende (2004), una aproximación íntima al presidente que había marcado su vida; y una trilogía tardía de enorme potencia poética: Nostalgia de la luz (2010), El botón de nácar (2015) y La cordillera de los sueños (2019).
En Nostalgia de la luz, Guzmán encontró una de las formas más conmovedoras de hablar de los desaparecidos. En el desierto de Atacama, mientras los astrónomos buscaban respuestas sobre el origen del universo, mujeres seguían buscando los restos de sus familiares asesinados por la dictadura. La película establece así un diálogo entre dos búsquedas: la de quienes miran hacia las estrellas para conocer el pasado remoto y la de quienes excavan la tierra para encontrar un pasado demasiado cercano. “Yo siempre quise desarrollar un tema poético, un lenguaje indirecto, un lenguaje de belleza”, explicó Guzmán a Página/12. Y agregó que para hablar de derechos humanos había que construir películas capaces de conmover, con una verdadera estructura dramática.
Ese procedimiento se profundizaría en El botón de nácar, donde trazó un alucinante, lúcido y complejo paralelismo entre los miles de desaparecidos arrojados al mar durante la dictadura de Pinochet y el exterminio de seis etnias magallánicas al sur de Chile desde el siglo XIX. Y también seguiría ese espíritu en La cordillera de los sueños, donde la cordillera de los Andes se convierte en una puerta de entrada a la memoria política y personal de Chile. Nostalgia de la luz obtuvo el Premio del Cine Europeo al mejor documental. Por El botón de nácar recibió el Oso de Plata al mejor guion en la Berlinale 2015. Y La cordillera de los sueños fue distinguida en Cannes y ganó en 2022 el Premio Goya a la Mejor Película Iberoamericana, convirtiéndose en el primer documental en obtenerlo.
El exilio no consiguió separar a Guzmán de Chile. Al contrario: desde Francia siguió regresando una y otra vez a su país, a sus muertos, a sus paisajes y a sus silencios. Dedicó su vida a mirar Chile. Y quizás ésa sea la forma más profunda de despedirlo: volver a mirar sus películas para que aquello que filmó no vuelva a desaparecer.
