Tanto el presidente de Francia como el primer ministro británico, Keir Starmer, buscan plantear una postura diplomática diferenciada del apoyo incondicional que quiere Donald Trump.
Europa está buscando una postura en medio de la bruma bélica y sus propias vacilaciones. En un intento de asumir el liderazgo de la Unión Europea, el presidente francés, Emmanuel Macron, anunció que “está en marcha” una misión internacional de carácter “defensivo” para “abrir progresivamente” el estrecho de Ormuz, por donde pasa un importante porcentaje del crudo y del gas mundial. En Chipre, junto al presidente de ese país, Nikos Jristodulidis, y el primer ministro de Grecia, Kiriakos Mitsotakis, Macron subrayó que la defensa de la isla mediterránea es “una cuestión esencial para su país, para su vecino, socio y amigo, Grecia, pero también para Francia y con ella, la Unión Europea”.
Macron indicó que ocho fragatas, dos portahelicópteros anfibio y un portaviones de Francia se desplegarán en el Mediterráneo Oriental para “atraer y movilizar” a otros países europeos. Según el presidente francés todo este despliegue es de carácter defensivo y se llevaría a cabo con países europeos y no europeos “una vez que termine la fase más crítica del conflicto”. Macron no aclaró cuando se superaría esta fase, pero habló de “escoltar” varios tipos de embarcaciones para que “el gas y el petróleo” pueda transitar de nuevo por Ormuz. “Nuestra meta es, con una posición estrictamente defensiva, estar cerca de todos los países que son atacados por la respuesta de Irán, de asegurar nuestra credibilidad y de contribuir a la desescalada regional”, agregó.
¿La mejor defensa es un buen ataque?
Este argumento de la estrategia “defensiva” está a la orden del día, pero no a todos le da el mismo resultado. La semana pasada el primer ministro británico Keir Starmer le negó el uso de sus bases militares a Estados Unidos escudado en que no se basaba en el derecho internacional que solo contempla el “derecho a la defensa”. Donald Trump tronó por más que Starmer diera señales de que estaba flexibilizando su postura. “El Reino Unido que fue un gran aliado, quizás el más importante que hayamos tenido, está finalmente pensándoselo sobre la posibilidad de enviar dos aviones al Medio Oriente. Está bien, primer ministro Starmer, ya no los necesitamos. Tampoco olvidaremos. No nos interesan los pueblos que se suman a una guerra ya ganada”, escribió Trump en su plataforma Truth Social el sábado.
Ese mismo día quedó claro que su mensaje buscaba disciplinar a cualquier miembro díscolo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN. Mientras Trump posteaba su exasperación en Truth Social, cuatro bombarderos estadounidenses aterrizaban en bases británicas. El gobierno británico había autorizado finalmente el uso de sus bases en Fairford, Gloucestershire y la que tiene en Diego García en el Océano Índico para “misiones específicas y limitadas de carácter defensivo”.
Starmer usó el mismo argumento que utilizaría Macron dos días más tarde: el ataque a Chipre con drones y misiles del grupo político-religioso-militar libanés Hezbollah, aliado a Irán. El domingo otros dos aviones estadounidenses aterrizaron en las bases de Fairford y Gloucestershire. Esa noche el primer ministro británico dialogó con Trump para poner fin al distanciamiento. Según un portavoz de Downing Street los mandatarios discutieron “la situación en el Medio Oriente y la cooperación entre ambos países para el uso de bases británicas a fin de consolidar la autodefensa colectiva de nuestros socios en la región”.
La repercusión política
Trump suele ser rencoroso, vengativo, pero también olvidadizo una vez que deja en claro que a nadie se le debe ocurrir objetar sus decisiones. Habrá que ver cuál de estos rasgos predomina en los próximos días. En todo caso la “desavenencia” provocó un terremoto político en el Reino Unido. Una parte del establishment militar británico, los conservadores más derechistas de las últimas décadas y el ultraderechista Reform UK atacaron a Starmer por no haberle ofrecido sin pensarlo su apoyo a Estados Unidos.
A ellos se sumó el exprimer ministro laborista Tony Blair diciendo que, tal como él había hecho en la guerra con Irak en 2003, el Reino Unido debería haber apoyado con todo a su mayor aliado. Blair provocó un repudio generalizado del partido laborista que se alineó por primera vez en mucho tiempo detrás de Starmer. Un ex aviador, que sirvió en la guerra de Irak y hoy es diputado laborista, Calvin Bailey, le aconsejó a Blair que leyera la investigación Chilcot que examinó errores y horrores cometidos en Irak. “Tony Blair tiene que entender lo que pasó en Irak. Aprender de esos errores”, dijo Bailey.
En la misma línea se pronunciaron las diferentes ramas de la bancada laborista. Una encuesta publicada esta semana por You Gov halló que un 49 por ciento de los británicos se opone al ataque estadounidense-israelí a Irán y solo un 28 por ciento lo apoya. La mayoría también coincide con la posición adoptada por Starmer de solo permitir una participación defensiva y estima que el primer ministro está manejando bien la relación con Trump quien cosecha un amplio rechazo (cerca del 80 por ciento) de la población británica.
Nada de eso afecta la voracidad de Trump, que nunca se privó de expresar su desdén por la Europa tolerante y social. Si bien el presidente de España Pedro Sánchez concentra hoy su ira, el resto de la Unión Europea no parece tener su simpatía. La iniciativa de Macron muestra la preocupación europea por el impacto económico de la guerra, pero también el intento de plantear una postura diplomática diferenciada del apoyo incondicional que quiere Trump. El modelo de Occidente que el presidente tiene en mente es el “Escudo de las Américas”: todos detrás de lo que él ordene. La Unión Europea no quiere quedar tan expuesta.
