Tras el asesinato de Ian Cabrera en la Escuela N° 40 de San Cristóbal, la maestra María del Carmen Colussa interpela a las autoridades educativas
El lunes 30 de marzo, a primera hora de la mañana, mientras los alumnos de la Escuela N° 40 «Mariano Moreno» de San Cristóbal se formaban para izar la bandera, un adolescente de 15 años sacó una escopeta de una funda de guitarra y abrió fuego. Ian Cabrera, de 13 años, murió en el acto. Otros ocho compañeros resultaron heridos. La ciudad de San Cristóbal, donde todos se conocen, quedó paralizada.
La imagen es difícil de sostener: el mismo joven que el año pasado había sido elegido por sus propios compañeros como el mejor alumno del aula disparó a mansalva en el patio de la escuela. «Lo votaron porque lo quieren todos, a nadie le sorprendió que resultara electo, por eso no podemos creer que haya pasado esto», dijeron docentes de la institución, entre la angustia y el desconcierto. Según su defensa, el adolescente atravesaba un proceso depresivo, había sufrido episodios de autolesiones y «sentía que no encajaba» desde hacía años.
Frente a esa realidad, la docente María del Carmen Colussa escribió una carta abierta y que, lejos de quedarse en el dolor inmediato, apunta al centro del problema: la indiferencia institucional ante la salud mental de los jóvenes.
¿Desde cuándo hemos desarrollado una indiferencia al dolor de tanta gente? Desde que se fue poco a poco normalizando la violencia a tal punto que los miembros de una comunidad responsables de la educación de nuestros jóvenes buscan la respuesta a ciertos eventos sangrientos en la ‘difícil situación intra-familiar’ de un niño cuyo cerebro está todavía en desarrollo
La carta arranca con un poema de Susana Thénon —»Carta abierta en ocasión del asesinato por parte de un joven a otro»— que ya en su título desnuda la paradoja de una sociedad que mira hacia otro lado mientras alguien grita.
El elefante en la habitación
Para la docente, la tragedia de San Cristóbal no es un hecho aislado ni puede explicarse únicamente por la historia familiar del agresor. Es el síntoma de una crisis más profunda y más extendida: la de jóvenes que crecen bombardeados por contenidos violentos en sus pantallas, sin que ninguna política educativa les enseñe a procesar lo que les pasa por dentro.
«Los gritos silenciosos de las familias se materializan en incidentes en los cuales jóvenes desorientados no saben, ni pueden, lidiar con lo que les pasa», escribe Colussa. Y enseguida desmonta el relato cómodo que descarga toda la responsabilidad sobre los padres: «Las familias, como así también los docentes, hacen lo mejor que pueden con lo que tienen.»
La carta menciona al psicólogo social Jonathan Haidt —referente en el estudio del impacto de las redes sociales en la salud mental juvenil— y cita estudios que documentan cómo el uso indiscriminado y sin supervisión de pantallas está erosionando el bienestar psicológico de una generación entera. Su reclamo es concreto: que la sanidad digital y la educación emocional integren los currículos escolares como contenidos prioritarios, no como anexos opcionales.
Lo que la justicia no puede responder
El adolescente que disparó no podrá ser juzgado penalmente: la nueva Ley Penal Juvenil, sancionada en febrero de 2026, aún no está en vigencia. Será evaluado por equipos interdisciplinarios y derivado, posiblemente, a una institución de salud mental. La escuela permanece cerrada mientras avanza la investigación. Las pertenencias de los chicos —mochilas, bicicletas— siguen dentro del edificio.
Mientras tanto, la Justicia investiga el historial de navegación del joven, sus vínculos en redes sociales y comunidades cerradas de internet. Una semana antes del crimen, según un testimonio recogido por la Policía, el joven había amenazado con «matarlos a todos». Nadie lo reportó. Nadie accionó.
Esa omisión es la que más duele en la carta de Colussa: «Me siento responsable ante hechos de tamaña magnitud y me duele saber que hay tantas familias a las que se les ha robado la alegría, sabiendo que quizás si diferentes políticas públicas se hubieran implementado antes, quizás estas tragedias se hubieran evitado.»
El grito que no cesa
San Cristóbal despidió a Ian con velas encendidas frente a la escuela, en silencio. Los mismos compañeros que votaron al tirador como mejor alumno estuvieron horas encerrados juntos, «completamente impactados», según relató una de las docentes. «Todavía no pueden entender cómo fue que pasó esto, y va a ser muy difícil para esos chicos volver a la escuela.»
El Ministerio de Educación provincial prometió talleres de acompañamiento y «rondas de convivencia» en todas las escuelas de la ciudad. Son medidas de emergencia. Colussa pide algo más estructural: un mea culpa institucional y una revisión profunda de las políticas de educación emocional y salud mental en las aulas.
El poema de Thénon termina con una pregunta que se vuelve silencio: «Ya no grita. ¿Te acordás de esa mujer?» La carta de Colussa propone que no la olvidemos antes de que la próxima tragedia nos obligue a recordarla. «Cuando pregunten por qué grita esa mujer —madre—, la respuesta podría ser: grita por ti.»
