“Más que un negocio, fue una fuerza sociopolítica que unió mucho al latinoamericano”: bajo ese concepto, el músico nuyoricano dejó toda una saga de obras maestras, incluyendo fértiles asociaciones con Héctor Lavoe y Rubén Blades.
Lo advirtió en “Todo tiene su final”, su clásico de 1973: “A mi velorio no venga’ a llorar”. Y no. Es lo menos que desearía un músico que le dio banda de sonido a la calle: o más bien a lo que todos preferirían ignorar. Este sábado, la salsa ha quedado huérfana, tras el fallecimiento de uno de sus arquitectos: Willie Colón, a los 75 años, en la ciudad de Nueva York. La noticia la difundieron sus familiares a través de un comunicado: “Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia. Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música y los recuerdos queridos que creó, los cuales vivirán por siempre”.
Si bien aún no se conocen las causas de su muerte, el músico fue ingresado el 20 de febrero en el Lawrence Hospital de Bronxville, de Nueva York, a causa de una infección respiratoria aguda. De todas formas, desde su entorno trascendió que el trombonista, cantante y compositor sufría una fibrosis pulmonar, a partir del covid que superó hace algunos años. Aunque no era la única afección que padecía. Aparte de aquejarlo complicaciones derivadas de su diabetes, en 2021 él y su esposa protagonizaron un accidente automovilístico grave, en Carolina del Norte, que le provocó conmoción cerebral, laceraciones profundas y lesiones cervicales. Lo que devino en dolores y limitaciones físicas, reduciendo considerablemente sus presentaciones en vivo.
El 9 de agosto de 2025, el artista neoyorquino, de origen puertorriqueño, durante una actuación en San Juan (Puerto Rico) sorprendió al sugerir en uno de los momentos del show que ésa podía ser su última actuación. Aunque en realidad esto terminó sucediendo el 3 de octubre en el Hard Rock Live, de Hollywood. Mientras que su grabación definitiva fue el single “Los olores del amor”, lanzada en 2020 y en la que puso su talento al servicio del salsero venezolano Amílcar Boscán. Coronando así una carrera musical que comenzó en 1967, y en la que destacaron las duplas que llevó adelante primero con Héctor Lavoe y más tarde con Rubén Blades. Al tiempo que brilló como figura de la disquera Fania Records, para la que firmó con apenas 15 años y con la que grabó su primer álbum a los 17.
Colón fue asimismo uno de los artífices de llamada “salsa brava” o “salsa dura”, que cobró fuerza en los años 70 gracias al énfasis que se le dio a los pasajes instrumentales (también denominados “descargas”). Sin embargo, en su caso, consiguió amplificar la crudeza del barrio a través del trombón, al que adoptó luego de probarse a los 11 años en el clarinete y la trompeta. Se dice que sucedió al escuchar al boricua Mon Rivera haciendo bomba y plena, mientras que su referente era el intérprete de latin lazz Barry Rogers. Fue justamente por su manera de tocar el instrumento (era autodidacta) que los músicos de más edad de Fania lo apodaron “El Malo”, lo que supo usar a su favor transformándolo en su álter ego artístico. De hecho, su primer álbum, lanzado en 1967, se tituló así.
Además, logró crear un universo gansteril, reflejado en las tapas de sus discos, como Cosa nuestra (1970), que mostraba a Colón fumando un cigarro en tanto contemplaba un cadáver; y en las letras de sus temas. Esto último alcanzó un éxito inesperado a raíz de su sociedad con el cantante Héctor Lavoe, cuya voz áspera y con dejo a lamento le ayudó a tomar distancia de la pulcritud y prolijidad del mambo. Más que simples canciones para bailar, sus composiciones eran un fiel retrato la marginalidad, el desamparo y el prejuicio que padecía la diáspora boricua en la Gran Manzana. En una entrevista de 2021, el artista explicó que, a pesar de que sus padres y él nacieron en Nueva York, los estadounidenses los veían como “inmigrantes ilegales”.
Por ese motivo, e incentivado por su abuela, decidió dejar de cantar en inglés para mudarse al español. Hasta 1973, el tándem grabó 14 álbumes, considerados obras maestras de la salsa. La adicción a las drogas de Lavoe llevó a Colón a cortar la sociedad, especialmente, aunque continuaron colaborando hasta la muerte del primero, en 1993. Su último disco como dúo apareció en 1983, y llevó por título Vigilante. Incluye uno de los grandes himnos de la salsa: “Juanito Alimaña”. Tras hacer una pausa, el nuyoricano decidió producir a otros artistas y llevar adelante su carrera solista. En 1975, salió el álbum The Good, The Bad, The Ugly, donde abordó la veta brasileña con la que venía coqueteando, y en el que inició su colaboración con Rubén Blades.
Después de producir el disco Se chavó el vecindario (1975), a manera de tributo a Mon Rivera, al punto de que explora la bomba y la plena (géneros puertorriqueños de origen afro que Bad Bunny se encargó de mundializar): Colón produjo el debut solista de Lavoe, La voz (1975), y la secuela, De ti depende (1976). Seguido por el trabajo instrumental El baquiné de angelitos negros basado en el poema del venezolano Andrés Eloy Blanco, considerado el percusor de la salsa sinfónica. Ese mismo año, registró, esta vez con Celia Cruz, el disco Only They Could Have Made This Album, otra obra maestra del género afrocaribeño, en el que destaca su reinvención del clásico de la música brasileña “Você Abusou”. Y más tarde, en 1981, se volvieron a reunir para grabar Celia y Willie.
No obstante, 1977 fue el año en el que se formalizó la relación musical entre Colón y Blades, lo que patentó el álbum Metiendo mano. A continuación, cuando la salsa empezó a evidenciar su decadencia, la dupla respondió a esa instancia con uno de los mejores trabajos no sólo de esa escena, sino también de la música popular latinoamericana: Siembra, que tiene en “Pedro Navaja” su caballito de batalla. El éxito de este repertorio alcanzó a un público que no estaba familiarizado con la obra de Colón, apelando a la reflexión social y política de las letras y a un sonido fuerte y sofisticado. Lo que respaldó la ópera salsera Maestra vida (1980), en tanto Canción del solar de los aburridos (1981) retomó el sonido del trombón de los tiempos con Lavoe. The Last Fight (1982) fue el fin del dúo.
La relación entre ambos no terminó bien, y emporó con el paso del tiempo, por más que en 1995 hicieron el disco Tras la tormenta. Eso marcó la obra de Colón en los siguientes años, al igual que su trabajo como productor de otros artistas y su carrera musical solista. Todo esto cuando el fulgor de la salsa se había apagado. Más adelante tanteó la política, lo que no le restó tiempo para seguir de gira y sacar un disco más: El Malo vol. II, publicado en 2008 y convertido hoy en el último de una obra revolucionaria. Acerca de su paternidad sobre la salsa, el músico fue consultado durante una serie de shows en Colombia. A lo que respondió: “En verdad, la acepto. Más que un negocio, fue una fuerza sociopolítica que unió mucho al latinoamericano. Me siento agradecido de haber formado parte de esto”.
