Por Mariana Enriquez – Fui criada por los Redondos. Soy de la generación adolescente que cuando recién empezada la secundaria iba a shows en el club Atenas y corría de la policía por calle 13; los chicos que en el Boulevard del Sol se quedaban hasta la madrugada a esperar la visita de Skay o el Indio. Quedaba muy lejos la leyenda de los show para veinticinco personas en el Stud Free Pub y la banda de culto: mis Redondos son de las multitudes y el Indio no era un par: era un planeta regente.
En el ensordecedor gigantismo de la banda, en la furia contra la policía, en el caos de las colas y las batallas, en el éxtasis del pogo, en las banderas, desde el Obras de Bulacio hasta Huracán y Racing, por sobre todo, encima y atravesando ese vendaval, siempre estaba la voz del Indio y sus palabras.
Si tengo que definir la lírica de Solari, algo casi imposible y mucho más mientras escribo esto, media hora después de la noticia de su muerte, diría que es misteriosa y insurreccional. La poética de Solari en la fundación para las masas de los Redondos, la trilogía de Oktubre, Un Baión para el Ojo Idiota y ¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado está marcada por Goya, los desastres de la guerra y la alienación, las revoluciones fracasadas, los tipos que huelen a tigre, el humor grotesco, el surrealismo.
La enorme elegancia de Solari en su voz y en sus letras es una absoluta rareza, un estilo clarividente y una frialdad que siempre contrastó con el amor y el desborde de su público. Es decir: la lírica del Indio no se parecía a nada y su figura resultaba inalcanzable. Cualquiera que haya visto a Solari en un escenario se sorprendería ante la hipnosis de ese hombre menudo y calvo, con su voz delgada, los anteojos y un aura mucho más de poeta mal arreado que de estrella de rock.
Pienso en su muerte y recuerdo el primer casete que me compré, Un baión para el ojo idiota. Todo era esotérico, todo era una invitación a la calle y a los libros, a entender, a ingresar en las palabras claves y la belleza enardecida. Las líneas como verdades que nadie había dicho, como incitaciones y melancolía: “Yo voy en trenes, no tengo adónde ir”. “Me voy corriendo a ver que escribe en mi pared la tribu de mi calle”. “El futuro ya llegó”. Yo tenía 14 años cuando compré ese disco. No entendía nada y era maravilloso, era un códice que se amplió con el aterrador Oktubre. El Drácula con tacones. Preso en mi ciudad. Los ojos ciegos bien abiertos. Y que se completó con ¡Bang! ¡Bang!… Estás liquidado y el profundo desconcierto de escuchar aquello de “Violencia es mentir” con guitarras marciales, y luego entender a qué se refería, y comprenderlo de una forma visceral, ligada a la historia, a los duelos, al orgullo y al fracaso.
En cada letra del Indio Solari hay una remera y un sermón. Me digo, ahora, viendo las gafas de Solari en todas las fotos, su expresión seria e inescrutable, que esa educación prepotente y sofisticada fue un lujo. Como el de la estrella, como el que es vulgaridad. Fueron décadas terribles, a veces triunfales y en general penosas, y Solari fue el mejor testigo para contarlas, porque era de esos artistas que en la más rasante lucidez eran capaces de definir una época, invitar a una fiesta, hacer llorar y dar miedo. Escucharlo es temor, temblores y euforia. Vivir solo cuesta vida, escribía Solari. Nada menos y nada más.
