Su notable filmografía destila una inteligencia y dignidad que lo ubica entre los nombres más grandes del cine argentino, con clásicos como “Tiempo de revancha”, “La parte del león” y “Roma”.
Quizás ningún otro cineasta argentino en actividad logró atravesar los años de plomo de la dictadura cívico-militar con la inteligencia y la dignidad con que lo hizo Adolfo Aristarain, fallecido este domingo 26 de abril a los 82 años, en Buenos Aires, su ciudad natal. Si su cine muchas veces ha quedado asociado a los primeros años de la incipiente democracia es porque varias de sus primeras películas se adelantaron a su época y –aún bajo la rígida censura del gobierno de facto- lograron introducir temas y personajes que llamaban a la resistencia y a la rebeldía, como es el caso del emblemático protagonista de Tiempo de revancha (1981): un ex sindicalista enfrentado a una compañía transnacional que es capaz de todo, de cortarse la lengua incluso, con tal de no faltar a su palabra. Visto hoy, es increíble que el afiche de la película, con Pedro Bengoa (Federico Luppi) arrojando con todas sus fuerzas un cartucho de dinamita, no haya despertado las sospechas de los catones de turno.
Nacido en Parque Chas el 19 de octubre de 1943, Aristarain trajinaba de chico los cines de su barrio –entre ellos el 25 de Mayo que en estos días fue una de las sedes del Bafici- y prefería las películas de acción, los policiales y los westerns, que luego serían la simiente de su propio cine. Según él mismo contaba, siempre fue un buen lector y prefería a Borges y a Roberto Arlt entre los escritores argentinos mientras que a Joseph Conrad y Rudyard Kipling los empezó a leer en inglés, un idioma que le sería muy útil cuando comenzó a trabajar como asistente de dirección en España, para coproducciones internacionales.
Un lugar en el mundo
Antes había sido extra en Dar la cara (1961), de José Martínez Suárez, y ayudante en Noche terrible (1966), de Rodolfo Kuhn. Por entonces, adhería a la llamada Generación del ’60 y rechazaba buena parte del cine argentino anterior: “Me las bancaba todas, ni me acuerdo de los títulos, eran esas producciones que parecían teatro filmado, antiguas, obsoletas en su lenguaje, eran un plomo”. Pero había que aprender el oficio y no le hacía ascos a trabajar como pizarrero en películas de Julio Saraceni y Emilio Vieyra. Bastó que en 1967 llegara el director español Mario Camus –luego famoso por La colmena y Los santos inocentes- para rodar un musical con Raphael para que se lo llevara consigo a España, donde AA trabajó como asistente en aquellos spaghetti westerns que tomaron por asalto los paisajes de Almería.
A su regreso al país, con la primavera democrática de 1973, figuró en los créditos de La Mary (1974), de Daniel Tinayre, Los gauchos judíos (1974) y No toquen a la nena (1976), de Juan José Jusid. Mientras tanto, iba escribiendo el guion del que sería su primer largometraje, La parte del león, un policial típicamente noir, que para su estreno en 1978 supo burlar sutilmente al temido Ente de Calificación Cinematográfica, una auténtica máquina de impedir, a tal punto que la producción nacional de la época no pasaba de los veinte títulos al año.
A diferencia de los films pasatistas y complacientes del momento, La parte del león proponía un universo gris tirando a oscuro, con personajes no precisamente ejemplares: chorros de poca monta, fracasados y perdedores, sobrevivientes de una realidad hostil que la película registraba sin adornos, en calles y techos de Constitución y alrededores. Lector consecuente de David Goodis (un libro suyo aparece en la triste mesa de luz del protagonista, Julio de Grazia), Aristarain supo colar la crítica social y la visión pesimista del mundo que provienen de la novela negra y adaptarla al imaginario porteño de ese momento. Fue muy significativo también que en los agradecimientos de los créditos finales, el director incluyera a una larga lista de cineastas del Hollywood clásico –de John Ford a Raoul Walsh- y que celebrara particularmente al estudio Warner Bros, al que reconocía como su modelo estético.
Sin nombres taquilleros en el elenco, La parte del león fue un fracaso de público, pero logró entusiasmar no solamente a la crítica local –la película no viajó a ningún festival internacional- sino también a los productores Héctor Olivera y Fernando Ayala. En su productora Aries, estaban armando una serie de comedias musicales con figuras populares de la época y necesitaban a un director rápido y competente, algo que no abundaba en el cine argentino del momento. Fue así que contrataron a Aristarain para que hiciera primero La playa del amor (1979) y luego La discoteca del amor (1990), ambas con Cacho Castaña y Mónica Gonzaga.
Que AA se ocupara no solamente de la dirección sino también del guion convenció a Olivera y Ayala de jugarse con Tiempo de revancha. No era fácil: el libreto primero debía atravesar la censura y el actor que pensaban como protagonista, Federico Luppi, podía estar eventualmente en alguna lista negra de la dictadura. Pero se alinearon los planetas y ni bien se vio una luz verde Aristarain filmó en apenas dos meses, con exteriores en Tandil, una película que no sólo se mantuvo 22 semanas en cartel; también desafió la prueba del tiempo y llegó a convertirse en un hito del cine argentino.
Como señaló el crítico Horacio Bernades, “el éxito de Tiempo de revancha abrió las puertas a un cine de parábola política desconocido durante el lustro previo, representado sobre todo por Plata dulce (1982) y El arreglo (1983), ambas producidas también por Aries y coprotagonizadas por el dúo Luppi-De Grazia”. Y con ese impulso, la productora no tardó en avalar el nuevo proyecto de Aristarain, otro policial duro: Ultimos días de la víctima (1982), basado en la novela homónima que José Pablo Feinmann había publicado apenas un par de años antes. Luppi encabezaba nuevamente el elenco, pero aquí encarnaba a un gélido, implacable asesino a sueldo que confiaba en que su próximo contrato no iba a ser difícil –al fin y al cabo, en dictadura las muertes violentas eran moneda corriente- pero que no se da cuenta de que es apenas el engranaje de una conspiración mayor que lo utiliza como a un títere.
Pensada para un público amplio, la película sin embargo fue un fracaso de boletería. “La estrenamos y a los pocos días invadieron las Malvinas. Ahí todos se olvidaron de la película, fue un desastre”, contaba su autor. Paradójicamente, en plena democracia Aristarain siguió el camino del exilio. Primero, volvió a España, donde dirigió la serie Las aventuras de Pepe Carvalho (1986), basada en las novelas de Manuel Vázquez Montalbán, con Eusebio Poncela como protagonista. Y luego se mudó a Hollywood, donde consiguió dirigir allí el film noir The Stranger (1987), con Bonnie Bedelia, una producción de clase B que no logró abrir para él nuevas puertas en la añorada Meca del Cine.
El tiempo de revancha de Aristarain llegó con su regreso a la Argentina. En coproducción con España, propuso Un lugar en el mundo (1992), un relato que adscribía al ideario anarquista del director, con un protagonista (Luppi) que vuelve a un remoto pueblo en un valle puntano, para recordar su infancia y las circunstancias que determinaron su vida: sus padres se habían exiliado voluntariamente de Buenos Aires para vivir en una comunidad campesina. La llegada de un geólogo español, contratado por el cacique local para buscar petróleo (José Sacristán), representa una amenaza para la forma de vida de los campesinos.
Ese mismo espíritu de lucha reaparece en La ley de la frontera (1995), un western español ambientado en Galicia y pleno de aventuras, narradas por Aristarain con pulso y precisión, en el que quizás sea su film más logrado y también más injustamente olvidado. Instalado en España, Aristarain consiguió restablecer su relación con el público mayoritario con Martín H (1997), una vez más con Luppi como protagonista, esta vez en la piel de un amargo guionista argentino radicado en Madrid que confronta con su hijo (Juan Diego Botto), a quien le abrirá los ojos a nuevas perspectivas.
Con Lugares comunes (2002), Aristarain volvió a un tema que pareció obsesionarlo en sus últimos trabajos: el paso del tiempo. “Lo que más me interesó de la historia es la idea de una pareja que ya es mayor pero que está obligada a empezar de nuevo”, explicó el director en Página/12. En su último largometraje, Roma (2004), el director también salió en busca del tiempo perdido, con la historia de un escritor (protagonizado de joven por Juan Diego Botto y de adulto por José Sacristán) que vuelve en su imaginación y sus recuerdos al Buenos Aires de su juventud, a finales de los años ’60, donde se confundían el amor y la militancia política.
En su última aparición pública, en septiembre 2024, para recibir la Medalla de Oro que otorga la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, Aristarain dijo sin vueltas ni eufemismos, como era su estilo: “Siento mucho desprecio por el gobierno que tenemos, pero creo que no debemos defender al cine, es mucho más grave que eso. Hay que defender al país, están saqueándolo. Cuando consigamos que este gobierno cambie, el cine resurgirá. No lo van a matar”.
Página12
